¿Afectará la muerte de Osama Bin Laden a las revueltas que vive el mundo árabe desde hace más de 4 meses? Sensibles e intensas las manifestaciones que de forma espontánea siguen protagonizando los ciudadanos de esta región, están expuestas a cualquier cambio en la zona.
Por Carla Fibla
La cuestión se centra en si el asesinato de Bin Laden por las fuerzas especiales estadounidenses supone o no un cambio para unos países que luchan por renovarse sin seguir el dictamen de ninguna tendencia concreta, y mucho menos de una corriente islamista radical.
El pasado 4 de abril, el académico Jaled Harub escribía en las páginas del periódico palestino Al Ayyam: “Los pueblos árabes y musulmanes no necesitan organizaciones armadas ni violentas generadoras de los más altos niveles de terrorismo para hacer caer a regímenes que no quieren. La palabra clave que han aportado las revoluciones árabes pacíficas al diccionario del cambio político y social es “efectividad” (Boletín.org).
En una acertada reflexión, algo premonitoria si tenemos en cuenta la indiferencia con la que la calle árabe ha acogido la muerte de Bin Laden, Harub traslada la incapacidad de Al Qaeda “para interactuar con las revoluciones árabes”, inhabilitado para seguir un discurso basado en la libertad, la dignidad y la participación política, sin ningún eslogan de ideología islamista.
El pueblo ha logrado que caigan los regímenes corruptos y represores de Túnez y Egipto, lucha en una guerra abierta con el de Libia, una movilización pacífica con el de Yemen, se intentan defender ante la indiferencia de Occidente en Siria y en Bahréin; y mantiene un pulso aún controlado por el poder en Jordania, Líbano, Marruecos, Argelia, Omán, incluso en Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Kuwait y en Qatar, de donde será más difícil que la poderosa cadena de televisión Al Yazira ofrezca imágenes objetivas.
“El fracaso de la “era de Al Qaeda” y de sus estrategias violentas consiste en que se basan en la destrucción, el caos y el derramamiento de sangre como único resultado, sin que tenga ningún proyecto que llevar a término”, continúa Jaled Harub para sentenciar que incluso la batalla de la imagen ha perdido la organización terrorista frente a las revueltas árabes: “La batalla se ha convertido en una caricatura ridícula de un combate de lucha por puntos entre Al Qaeda y los servicios secretos, a expensas de los pueblos de la región, su futuro y sus vidas (…) Las revoluciones árabes pacíficas, a través de los vídeos e internet, han logrado marginar a Al Qaeda como referencia en el uso de la imagen. Las imágenes y los símbolos de las revueltas pacíficas han invadido la imaginación árabe y su estética, su capacidad de persuasión y su efectividad superan incuestionablemente los intentos de Al Qaeda en este campo, pasados y presentes”.
La primera reacción oficial en Oriente Próximo a la muerte de Bin Laden llegó con contundencia desde Israel. El primer ministro, Benjamín Netanyahu habló de un “triunfo rotundo” y se sumó a los festejos de los estadounidenses. Poco después el presidente Shimon Peres se refería a “un mundo libre que respira mejor después del merecido castigo infligido con atraso a Bin Laden”.
Hicieron falta algunas horas para que los países árabes expresaran, entre el asombro, la incredulidad y quizás cierto temor a la reacción de sus calles, donde las normas han cambiado y parece que cualquiera puede decir lo que piensa; lanzaran tímidos mensajes dirigidos fundamentalmente a sus socios occidentales.
Arabia Saudí manifestó su esperanza de que con esta muerte aumenten los esfuerzos internacionales en la lucha contra el terrorismo; el gobierno iraquí aseguró que “es un gran golpe en el ánimo de los miembros de Al Qaeda en Iraq y en la zona”; el primer ministro libanés en funciones, Saad Hariri, se refirió a Bin Laden como una “mancha negra” en la historia del islam”, añadiendo que “el daño que ha infligido a la imagen del islam y del mundo árabe no es menor que el causado por los enemigos de los árabes y de los musulmanes en el mundo”.
En la víspera del acuerdo de reconciliación que las facciones palestinas firmaron en El Cairo, el Gobierno de Mahmud Abbas en Cisjordania se unía a la satisfacción general por la desaparición de Bin Laden, mientras desde la franja de Gaza, Ismail Haniyeh, líder de Hamás, condenaba “el asesinato de un guerrero santo”, para, según varios analistas, calmar a los grupos salafistas del territorio.
Y en Egipto, los influyentes Hermanos Musulmanes, recién convertidos en partido político, pidieron a EEUU que saque sus tropas de los países musulmanes. “Las revoluciones han probado que la democracia no es algo ajeno a Oriente Próximo y que no necesitamos ocupaciones extranjeras”, dijo Essam al Erian, un miembro veterano muy respetado en las filas del movimiento.
Pero donde más atención hay que poner es en la más que nunca convulsa calle árabe, inmersa en cambios complejos y positivos, en los que la mutación social es un gran interrogante que cada día va descifrándose. “Oh Dios, por favor haz que esta noticia no sea verdad… Que Dios te proteja Obama. ¡Oh estadounidenses! Es aún legal para nosotros cortar vuestros cuellos”, rezaba un mensaje de un foro yihadista poco después de conocerse la noticia. Un mensaje radical de los que consideran que Osama Bin Laden es un “mártir” de la yihad, la lucha sagrada en defensa del Islam, que contrasta con los que reconocen que Bin Laden plantó cara tanto a las injerencias y ocupaciones extranjeras como a los regímenes dictatoriales de la región; y los que consideran que daño la imagen del islam y marcó la vida de millones de musulmanes.
Los métodos, el uso de la violencia, los ataques terroristas en los que han muerto miles de personas inocentes, es lo que más distancia a las poblaciones árabes en su reflexión sobre la desaparición de Bin Laden.
En la mañana del lunes no hubo manifestaciones ni declaraciones públicas de ciudadanos anónimos a favor de Osama Bin Laden, como explicaba al día siguiente el periodista Javier Valenzuela en El País: “Los árabes ya lo habían enterrado (…) La emergencia de juventudes urbanas conectadas con el mundo vía Internet y la televisión por satélite y dispuestas a luchar pacíficamente por la democracia, ha ido convirtiendo a Al Qaeda en un elemento marginal en el mundo árabe. Nótese que, de estar aún enraizada en algún lado, lo está en Afganistán y Pakistán –países musulmanes pero no árabes- y en regiones periféricas del mundo árabe como Yemen y el Sahel”.
Y ni siquiera en Yemen los simpatizantes de Al Qaeda sintieron respaldo suficiente para expresar su duelo. Demasiado difícil plantear la muerte de Osama Bin Laden como una pérdida importante para el país cuando miles de personas llevan más de tres meses manteniendo un pulso pacífico con el presidente Al Abdullah Saleh.
A pesar de la “simpatía” que muchos musulmanes han sentido por Osama Bin Laden por enfrentarse a los que siguen oprimiendo a las poblaciones árabes, no se tradujo nunca en un apoyo al terrorismo que ejecutaba el líder saudí. La red de Al Qaeda, con la presumible sucesión de su líder en el egipcio Ayman al Zawahiri, jefe de organización del movimiento y líder intelectual, tienen la oportunidad de plantear una mayor coherencia en el discurso de Al Qaeda en relación a las causas árabes; y sobre todo al cambio de actitud de las sociedades que están impulsando las revueltas.
La desaparición, más simbólica que efectiva, porque la capacidad para cometer atentados e imponer ideas de Al Qaeda sigue igual de débil o de fuerte que antes de la muerte de su fundador, apenas tendrá efecto en la calle. “La gente no está arriesgando sus vidas, manifestándose para pedir la instauración de un califato islámico, la aplicación de la sharia, ley islámica, sino para lograr libertad y una vida digna”, analizó un comentaristas en la televisión Al Arabiya poco después de conocerse la noticia.
Pero el momento en el que EEUU ha elegido para terminar con Osama Bin Laden, en pleno auge de las revueltas árabes, tras comprobar que cada vez está más aislado, al margen de loque está ocurriendo, con menos capacidad de maniobra y perdiendo a sus socios en la región, obligan a mirar hacia Occidente. El intelectual Santiago Alba Rico titula así esta semana en la web Rebelión un artículo de opinión: “Matar a Bin Laden, resucitar a Al Qaida”. “Cuando parecía relegada al olvido, definitivamente arrinconada por los propios pueblos que debían apoyarla, reaparece Al Qaeda (…) Este era el momento. Al Qaeda vuelve a dominar la escena; Al Qaeda vuelve a saturar el imaginario occidental. Mientras el presunto cadáver de Bin Laden se arroja al mar, Bin Laden se apodera fantasmalmente de todas las luchas y todos los deseos de justicia. Se cumplirá el vaticinio de Obama: habrá más ataques violentos por todas partes y el mundo árabe-musulmán volverá a ser un bullicio de fanatismos y decapitaciones, quieran o no quieran sus poblaciones.
Entre democracia y barbarie, es evidente, EE.UU. no tiene duda: la barbarie se ajusta mucho más al “sueño americano” (y, por supuesto, al delirio israelí). No sabemos si realmente han matado a Bin Laden; lo que está claro es que el esfuerzo por resucitar a toda costa Al Qaeda pretende matar los procesos de cambio comenzados hace cuatro meses en el mundo árabe” (rebelion.org).
La sensación, respirando los aires de cambio que pocos se atreven a cuestionar y que ya nadie pone en duda de que están en plena expansión, es que las revueltas tienen cada día la coraza más dura. Asumen fracasos, son heridos, secuestrados, mueren, celebran victorias, pequeños pasos transformadores de la sociedad que están dejando atrás. En el año 2011 se suceden inauditos acontecimientos cada día. No hay rutina, es imposible vivir un día normal porque a pocos kilómetros, con una región completamente conectada gracias a las redes sociales y la telefonía móvil, se protesta, se resiste, se combate y se muere.