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3 June, 2011 - 15:44

Cara a cara con Mladic

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La holandesa Liesbeth integraba el batallón Dutchbatter cuando el enclave musulmán de Srebrenica fue tomado por tropas serbo-bosnias comandadas por el general Ratko Mladic. Liesbeth, quien reside en Vreeland, en el centro de Holanda, tiene dos hijos.
 
¿Mi conexión con Mladic? En 1995, yo pertenecía al batallón Dutchbat 3. A mediados de julio, servía en el enclave musulmán de Srebrenica, y mi base era Potocari. Ratko Mladic se despidió personalmente con las palabras ‘bye bye Dutchbat’. Pese a que lo viví como algo muy humillante, también me sentí aliviada porque, finalmente, podíamos regresar a casa. En las últimas semanas, Mladic había tenido el mando sobre el enclave, con desastrosas consecuencias.
En el momento en que lo tuve cerca pensé: podría asesinarlo de un disparo. El pensamiento desapareció enseguida porque era una idea absurda. Él, con custodia, en su propio territorio, rodeado de soldados serbios. Yo, con un Uzi, arma que había sido declarada no apta por sus deficiencias técnicas, con mis queridos compañeros y un increíble deseo de regresar sana y salva a casa. ¿Qué habría pasado si lo hubiera intentado?
Escalofrío
Ahora, después de dieciséis años, ha sido arrestado. La noticia me llega por boca de un redactor del programa de televisión Zembla. Me embarga la emoción, la sangre se acelera y siento escalofríos por todo el cuerpo. Finalmente lo han capturado. ¿Irá al Tribunal de Yugoslavia en La Haya? ¿Y estaré yo también allí? Aún no lo sé, tengo que meditarlo, pero sé que éste es el momento para despedirme del general.
[related-articles]Un antiguo compañero Dutchbatter que desea ir a Scheveningen, donde esperan al general, me envía un mensaje de texto. Le respondo que yo también estaré presente. Según informan, Mladic está camino a Holanda. Tenemos que darnos prisa. Frente a la prisión de Scheveningen, me encuentro ante un verdadero circo mediático. Veo grupos de mujeres envueltas en banderas bosnias que sólo miran y apenas intercambian palabras.
Bandera serbia
También hay un grupo que porta una bandera serbia, y sus integrantes son los más elocuentes. Naturalmente no están de acuerdo con la detención de Mladic y menos aún que sea juzgado por un tribunal. Me desagrada la idea de que no todos estamos aquí por la misma razón. Pero todos tienen derecho a su propia opinión, de modo que debo aceptar este grupo también. Luego llega la noticia de que el helicóptero que traerá a Mladic despegó del aeropuerto rumbo a la prisión. Otro momento de escalofrío. Un poco más tarde aparece un helicóptero de la policía. La multitud se impacienta. Suenan los móviles y todos escudriñan el cielo. Pero no vemos el helicóptero de Mladic.
¡Mala suerte!
¿Lo habrán traído en coche? En ese caso, cruzaré la verja y cargaré contra el automóvil. Ni pienso en las consecuencias, las tomo como un mal necesario. Me imagino ya pasando la noche en una celda de la comisaría. Pero no llega a ese punto. Cruzo de un salto la verja, pero sólo para poder divisar la puerta lateral de la cárcel. Allí acaba de ingresar una caravana de autos. El otro helicóptero aterrizó en el patio interior. ¡Mala suerte! No alcancé a verlo. Pero me queda igualmente una sensación de satisfacción.
Mladic está cerca, después de tantos años. Pero esta vez no siento humillación. Siento alivio, porque ya no tiene el poder en sus manos.