Una mezcla asfixiante de gases lacrimógenos de la policía y humo de los neumáticos incendiados por los manifestantes, me obliga a dejar la Plaza Tahrir en El Cairo el sábado por la tarde. Fue el tercer día de esporádicos enfrentamientos entre menos de 3.000 manifestantes y la policía antidisturbios, a veces apoyada por la policía militar. Sin embargo no muchos de nosotros sospechaba lo que ocurriría justamente un día después: la caída del segundo gobierno desde el derrocamiento del presidente Hosni Mubarak el pasado mes de febrero.
La atmósfera cambió después del sábado. Las emociones se dispararon, la ira no solamente se manifestaba en apoyo a los pocos centenares de personas que protestaban demandando compensación por aquellos que fueron muertos o heridos durante la revolución. La gente estaba enfurecida por la brutalidad de la policía antidisturbios. Especialmente indignante fue la aparición en los medios de un video que muestra a un policía arrastrando del pelo por toda la calle a una muchacha que se manifestaba.
Nido de la perversidad
Ese sábado por la tarde, la manifestación comenzó a moverse de pronto por la calle que va de la Plaza Tahrir al Ministerio del Interior. A mi lado estaba Fikry, un joven abogado de larga barba. Estaba tranquilo hasta que le pregunté a dónde iban. En ese momento comenzó a gritarme: “van al nido de la perversidad. ¿Por qué los policías son tan crueles contra los manifestantes pacíficos, y tan inútiles frente a los bandidos y las pandillas que saquean y atemorizan a la gente en todas partes?”
Y eso, en pocas palabras, es lo que mantiene en la duda a El Cairo y desacredita tanto al Gobierno como al Consejo Militar en el poder. Nadie entiende por qué treinta personas fueron asesinadas en lo que parecía ser una protesta pacífica de algunos miles de manifestantes.
El fuerte estatus simbólico de la Plaza Tahrir refleja la tensión que afecta a la nación. Es el lugar donde surgió la revolución, donde la libertad encontró su voz y donde la nación pudo expresar tanto su malestar como su esperanza. Pero para el gobierno y el Consejo Militar, una Plaza Tahrir limpia y pulcra, en medio de un flujo de tráfico ordenado, representa control y estabilidad, y un camino hacia adelante.
Revancha por la derrota
La fuerza policial emergió derrotada, humillada y desmoralizada después de la revolución. No es de extrañar que reaccionen con nerviosismo y brutalidad contra aquellos que intentaban llegar a su “guarida”, el Ministerio del Interior, ubicado a solo algunos metros de Tahrir. Enfrentada a un grupo relativamente pequeño de manifestantes, la policía aprovechó su oportunidad para refrendar algo de su brutal control.
Y la consecuencia de esa miopía es una masiva manifestación de una masa de personas indignadas en El Cairo en el día de hoy. La mayoría son jóvenes y una mezcla de islamistas y seculares. Demandan que la dimisión del gobierno sea seguida de inmediato por la entrega del poder a la sociedad civil por parte del Consejo Militar.
[related-articles]El tema que todavía nadie se atreve a discutir públicamente es el posponer las elecciones parlamentarias que tendrían que dar comienzo el próximo lunes. Ya se especula que la policía intentó hacer escalar los eventos en la Plaza Tahrir como una manera de entorpecer los comicios. Pero, por otra parte, la posibilidad de que se lleven a cabo elecciones libres y honestas disminuye si aumenta la inestabilidad y los enfrentamientos en El Cairo, y se extienden a otras ciudades egipcias.
De vuelta en Ámsterdam, con la nariz y los ojos irritados, todavía puedo oler la ira de las calles de El Cairo. Ira que parece estar dando un nuevo rumbo a la revolución egipcia, cuyo destino nadie parece saber con seguridad.